El patrocinio cultural, una forma encubierta de publicidad en TVE

Juegan al fútbol pero lo hacen con las manos y con los pies. Podría ser la metáfora de las televisiones públicas en relación a las televisiones privadas. En realidad su financiación ha sido mayoritariamente vía presupuestos generales del Estado, ya sea a nivel nacional o a nivel regional.

Para este 2019 por ejemplo, RTVE contará con casi 293 millones de euros de presupuesto para avanzar a lo largo de todo el año, si bien si todo transcurre tal y como han transcurrido hasta ahora, cerrará el año con déficit. Y las cuenta no terminan de entenderse de ninguna manera, puesto el cómputo total de ingresos con los que contará la radio-televisión pública asciende a casi 950 millones de euros. Y no tienen dinero suficiente para subsistir por medios propios.

Parece increíble que las empresas públicas puedan cerrar ejercicios con estas cifras, es impensable que una empresa gaste continuamente más de lo que ingresa porque llegado el momento, se verá en la obligación de cerrar. Sin embargo en el sector público parece que todo vale, no pasa nada porque RTVE cierre un ejercicio, otra vez, en números negativos. Hay que sufragar el agujero negro.

Para colmo de males hasta 2010 la televisión pública española contaba con unos ingresos mayores puesto que generaba ingresos por publicidad, eliminada desde hace tres años de la cadena pública estatal, no así del resto de televisiones públicas regionales.

El ciudadano no entiende cómo una empresa privada puede obtener beneficios haciendo lo mismo que hace otra empresa pública que además de publicidad tiene una partida asignada en los presupuestos del Estado y que incrementa cada año su déficit.

Así vuelve al eterno debate de la gestión pública como gestión dudosa por definición y una vez más, el ciudadano está sufragando con sus impuestos la cuarta parte de lo que cuesta “el ente”. Y nunca mejor dicho lo de ente.

Así llegamos a la situación actual en la que la falta de publicidad declarada se camufla bajo la fórmula del patrocinio cultural que parece albergar más de lo mismo: ingresos obtenidos por anunciantes a pesar de que la Ley establece que la televisión pública no ha de tener publicidad para la obtención de ingresos. Quien hizo la Ley, hizo la trampa y ahora está permitido el patrocinio cultural.

No se entiende bajo este punto de vista para qué se promulgó una Ley para evitar la emisión de publicidad cuando no se cumple, o cuando se cumple lingüísticamente (ahora no es publicidad) pero no realmente.

Este país tiene un problema grave con el agujero negro que suponen las televisiones públicas mal gestionadas y tragadoras de recursos públicos hasta niveles impensables. Hay que atajar el mal antes de que la situación desemboque en un cierre como el visto recientemente en la televisión pública valenciana.

Al final los únicos perjudicados son los trabajadores que, después de aprobar una oposición, se ven en la calle por una mala gestión y la manipulación continua de recursos y medios asignados.

Falta la valentía necesaria por parte de los Gobiernos regionales y del Estado para hacer frente a esta situación. Falta la nobleza necesaria para reconocer que las televisiones públicas han de estar por encima de intereses políticos y electorales, han de dejar de ser el caramelo del Ejecutivo de turno que según llega, las amolda a su gusto particular. Pero para eso haría falta una clase política noble y profesional. ¿Dónde está?

 

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