El origen de las doce uvas de Nochevieja

El final de año en España está marcado por las doce campanadas y las doce uvas que acompañan a cada “gong”, cuando no hay confusiones con los cuartos, el reloj, las prisas… En fin, toda una tradición que desde el siglo XIX hace que mayoritariamente los españoles terminen el año comiendo fruta.

En Italia, por ejemplo, la tradición es comerse un plato de lentejas a las doce de la noche. Realmente en nuestro país sería complicado, después de la opulenta cena, unas lentejas resultarían indigestas.

Existen dos teorías principales que explican el por qué se ponen doce uvas, una por cada mes, en un cuenco y se toman al son de las campanadas. Hay quien apunta a que fue porque a comienzos del siglo XX la cosecha de uva fue tan voluptuosa, que los propios productores idearon la posibilidad de que comerse doce uvas en los segundos que transcurren entre un año y otro, traería suerte. Y ya se sabe que en este país cuando se menta la suerte o el fútbol, las orejas se ponen en modo atención.

La segunda teoría hace alusión a la aristocracia y a un acto de cierta rebeldía contra la autoridad. A finales del siglo XIX las clases pudientes celebraban la nochevieja en fiestas privadas y acompañaban al cava con uvas para contrarrestar sabores. Los ricos podían, pero las clases menos pudientes no podían: esto es, el ayuntamiento de Madrid sacó una normativa haciendo alusión a la necesidad de no organizar alborotos en las calles en fechas tan señaladas como las navideñas.

Y como se podría decir en este caso, “se armó el Belén”. Basta decirle a un español que no puede hacer algo, para que lo haga. Dicho y hecho, la población decidió parodiar a la aristocracia que sí tenía el permiso oficial para celebrar las fiestas y salir a la calle con sus uvas para celebrar la llegada del nuevo año.

Es realmente difícil discernir cuál de las dos explicaciones es la certera o si existe una tercera que pueda explicar por qué en el último día del año, no pueden faltar uvas en las mesas. Con el paso de los años las opciones se van ampliando: se pueden comprar en almíbar, peladas, sin pepitas, naturales, más grandes o más pequeñas.

Pero parece ineludible la cita con las doce uvas y las doce campanadas para empezar bien el nuevo año. Son supersticiones que acompañan a la última noche del año como la de ponerse ropa interior roja, tener algo de oro en la copa de cava con la que se da la bienvenida al nuevo año, dar el primer paso con el pie derecho, quemar los malos recuerdos, etc.

Ahora bien, supersticiones a un lado, el cambio de año es la oportunidad perfecta para renovar el ánimo y la fuerza para hacer frente a la situación, con doce uvas o con un racimo entero.

Y es que dice la tradición que no comérselas trae mala suerte. Todo sea que los 47 millones de españoles tomen la docena de uvas y con eso consigan empujar al país fuera de la crisis. Aunque la superstición y la economía no avanzan en la misma línea, aunque algún que otro Presidente opinara que la economía era cuestión de dos tardes.

 

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