El moribundo sector de las cooperativas inmobiliarias

Las cooperativas inmobiliarias fueron durante muchos años el auténtico motor de al construcción de viviendas en España. La forma o, por lo menos, la esperanza de conseguir ser propietario de una vivienda a precio de coste y las impulsoras del desarrollo urbanístico en muchas localidades.

Un sistema tan sencillo como la unión de un grupo de personas que deseaban acceder a una vivienda con costes asumibles y que, para ello, se organizaban, nombrando un equipo gestor y eliminando los intermediarios.

En la actualidad, el sector coletea moribundo como consecuencia de la crisis económica, la falta de crédito, el descenso de los interesados en esta modalidad y los numerosos escándalos que, en mayor o menor medida, le han salpicado.

Estafas y promociones inacabadas donde los cooperativistas han invertido los ahorros de toda una vida y que ven extremadamente difícil recuperar. Sin duda, el más sonado en su momento fue el de la Promoción Social de Vivienda (PSV), la promotora avalada por la Unión General de Trabajadores (UGT), pero no ha sido el único.

Dinero que desaparecía, dificultades que encarecían el precio de las viviendas, estudios geológicos que desestimaban la construcción de viviendas en el suelo adquirido o, simplemente, exigían una fuerte inversión que no podía ser asumida por los cooperativistas…

Sin duda, en muchos casos, las cooperativas fueron la solución para poder acceder a una vivienda a un precio asequible, pero, en otros, demasiado llamativos ha dejado empantanados a miles de socios.

El modelo era muy sencillo. Bastaba con aportar una cuota inicial para inscribirse y, una vez adquiridos los terrenos, realizar una aportación que oscilaba entre el 20% y el 30% del valor final de la vivienda.

A partir de ahí, cuotas mensuales hasta la entrega de llaves y, una vez realizada esta, suscribir un crédito hipotecario. Todo ello, gestionado por un equipo elegido entre los propios socios de la cooperativa.

Sin embargo, y aunque los casos más llamativos son los que han asaltado las páginas de los medios, lo cierto es que el mismo sistema permitía ciertos movimientos, pequeños amaños que beneficiaban a los gestores y que los socios raramente reclamaban.

Uno de ellos era tan simple como apropiarse de los intereses bancarios de las cuotas depositadas en las cuentas de la cooperativa. En no pocas ocasiones, dichos intereses no revertían en el abaratamiento del precio final de las viviendas, sino que acababan en los bolsillos de los gestores.

Dado que las promociones podían reunir a un par de centenares de personas y que los precios de los pisos oscilaban entre 60.000 euros y 90.000 euros es fácil deducir cuáles eran las cuantías de dichos intereses.

En algún caso concreto, incluso, ante el planteamiento en asamblea de poder contar con dichos intereses para abaratar los precios de las viviendas, los interesados preferían que el equipo gestor entregara las llaves en las fechas previstas. El dinero se convertía en “pecata minuta”. ¡Qué país!

 

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